el doblete que escandalizó al mundo
Los Alemania-Holanda olían a II Guerra Mundial. Los neerlandeses habían sufrido un millón de muertos tras la feroz ocupación nazi. Esa herida se había notado, entre otras refriegas, en la final del Mundial del 74 o en la semifinal de la Eurocopa del 88 cuando Ronald Koeman se limpió el trasero con una camiseta germana. El fuego heredado se levantó sobre San Siro en los octavos de final del Mundial de 1990, un partido marcado por un incidente, tirón de pelo incluido, que impactó en el mundo del fútbol.
Aquel 24 de junio, el partido, patrocinado por la ira, enfrentaba a dos grupos mastodónticos. En Alemania, bajo la dirección de Beckenbauer, brillaban Matthaus, Klinsmann o Vóller. En Holanda, con Beenhakker en el banquillo, relucían Koeman, Gullit, Van Basten o Rijkaard. El árbitro, el argentino Juan Carlos Loustau, licenciado en la pacífica competición argentina, iba a acometer la tarea de pacificar esa batalla con un silbato.
El minuto de la vergüenza
El suceso legendario salpicó la historia del fútbol desde el minuto 20 con 0-0 en el marcador. Rijkaard, tragamillas del Milan, jugaba de central. En el centro del campo, Völler, delantero centro de oro y diamantes en la Roma, le encaró y el zaguero le paró con una zancadilla. Loustau le mostró tarjeta amarilla. El aleman corrió hacia el área y el holandés, ofuscado por la amonestación, protestaba.
Momento del escupitajo de Rijkaard a Völler.
De vuelta a su portería, Rijkaard escupió por la espalda a Völler, que notó el impacto en su nuca. El alemán reclamó al árbitro y se llevó la amarilla. De momento, empate, mientras ambos jugadores intercambiaban palabras, se supone que poco académicas.
Se lanzó la falta y el balón bombeado terminó en las manos de Van Breukelen. Völler cayó al suelo y Rijkaard, que disponía de más ganas de guateque, se fue hacia él. El holandés le tiró del pelo y el delantero protestó de nuevo la continuación de la afrenta. Loustau se acostó en la diplomacia y enseñó la segunda amarilla a ambos.
Aquel día perdí la cabeza, Völler no me había insultado
Völler, asombrado, se iba hacia el túnel, y de nuevo por detrás, Rijkaard le escupió otra vez. Era el remate a uno de los episodios más asquerosos que se habían contemplado en un Mundial desde que la televisión se había adueñado del balón y alrededores. Ese doblete de tirón de pelo y escupitajo es difícil de superar.
El partido prosiguió y Alemania, posterior campeona, derrotó por 2-1 a Holanda con goles de Klinsmann y Brehme. La FIFA, con el ruido del escándalo muy presente, sancionó a Rijkaard con tres partidos y con uno a Völler.
El desenlace
Loustau, posteriormente, con el paso de los años, explicaría sus decisiones: “No vi el escupitajo ni el tirón del pelo. No se puede sancionar lo que no se ve”. El problema es que había castigado por igual al agresor y a la víctima. La huella del conflicto no se apagó en la carrera del holandés, que sufrió un veto semioficial en el fútbol alemán.
Rijkaard pidió disculpas a Völler de forma pública y privada. “Aquel día perdí la cabeza, él no me había insultado”, admitiría el holandés. El alemán aceptó la petición de su rival. “Fue un error, se disculpó y se acabó. Hicimos las paces”, afirmó. El doblete de la vergüenza quedaba aparcado momentáneamente.
