Nada que no tenga remedio
Hacía bastante tiempo que no me plantaba ante un derbi con una sensación de seguridad, de optimismo, tan acusada como en esta oportunidad. No soy de los que gusta de aventurar pronósticos alegremente, porque es la mejor manera de aproximarte al error. Si no arriesgas un vaticinio, nadie podrá afirmar que te has equivocado. Pero, en esta oportunidad, me sentía tan ufano, tan eufórico, que, por momentos temí caer en la arrogancia. Casi no me reconocía. Pero es que me viene sucediendo con cierta frecuencia en los últimos años, coincidiendo con el buen momento de la Real Sociedad y su hegemonía en el fútbol vasco, escenificada en los periódicos enfrentamientos entre Real y Athletic. Debo reconocer que, hasta me siento incómodo interpretando este papel, tan poco guipuzcoano que dirían los puristas. Pero es lo que hay.
Y salió cruz. La Real cayó derrotada en San Mamés, con lo que todos mis vaticinios, todas mis previsiones, se deslizaron por el sumidero de la decepción. La Real llegaba cargada de moral y de buenas razones para exigir nuestra confianza. Por su parte. El Athletic presentaba una tarjeta menos diáfana, algo más confusa. Pero cuando empieza a rodar el balón , todo lo anterior son sólo palabras, bonitas, sí, pero sólo eso.
¿Qué es lo queda para la posteridad?¿ Qué es lo que se recordará pasado el tiempo? Que el Athletic ganó el derbi, y que la Real lo perdió, eso es todo… o casi todo. Porque no puede ser que un resultado altere sustancialmente mi evaluación del momento de juego del equipo. El Athletic, por cierto, mejor de lo esperado -al menos, de lo que yo esperaba-, entró mejor al partido, e hizo su gol. Y la Real, que estaba fuera del partido, volvió a exhibir una de sus principales virtudes: que no necesita alcanzar el juego para obtener el gol. No es la mejor vía para lograr el éxito, pero es una facultad, un don, nada desdeñable, y al alcance de pocos. Luego llegaría el juego -la Real fue mejor-, las ocasiones -Unai Simón estuvo sencillamente colosal-, y la jugada del penalti -que no dejó indiferente a nadie-. Por lo demás, nada que no tenga remedio.
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La amplia nómina de francotiradores
En el fútbol existen variadas fórmulas para lograr un mismo objetivo: batir la portería contraria. Por ejemplo, puedes optar por un sistema combinativo, si la calidad de tus futbolistas lo propicia, e intentar penetrar las defensas rivales por el centro, que es donde está la portería. O bien, puedes intentar abrir las redes defensivas, muy tupidas por dentro, ensanchando el campo, buscando las bandas, a través de los extremos rápidos y hábiles en el uno contra uno. Y, cuando ninguna de las fórmulas anteriores se revela efectiva, siempre se puede recurrir a la puntería de los futbolistas francotiradores, especialistas en el disparo desde la larga distancia, capaces de desatascar cualquier situación, por complicada que ésta pueda parecer.
Y, poniendo el foco sobre esta última alternativa , se puede afirmar con rotundidad, que la actual plantilla de la Real Sociedad cuenta con una amplia y cualificada nómina de francotiradores, algo que, en el pasado, echábamos en falta. Hoy, futbolistas como Turrientes, Soler, Sucic, Guedes, Oyarzabal, Zakharyan o Sergio Gómez, han acreditado sobradamente su condición de expertos en la materia. ¿Un ejemplo próximo? El misil de Sucic al Athletic l pasado domingo, cuando el equipo parecía bloqueado.

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Esto no va del derbi
La polémica que acompañó a la jugada del penalti en el último derbi de San Mamés, ha vuelto a poner de manifiesto las importantes carencias que padece el sistema de arbitraje actual. Algunos aprovecharon la coyuntura para emponzoñar el ambiente, mezclando cosas que nada tenían que ver con lo sucedido. Lo que pasó, lamentable, no iba del derbi, sino de las deficiencias del sistema arbitral.

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¿Quién puede explicarlo?
Me disponía a escribir algo vinculado a la actualidad de la Real Sociedad, cuando me ha sobresaltado la noticia del fallecimiento del futbolista del Tenerife, Jesús de Miguel. En estos momentos, la verdad es que me apetece más bien poco escribir nada.
Sólo me hago las preguntas que, seguramente, muchos se están haciendo ahora. Y resulta difícil llegar a una conclusión satisfactoria. ¿Quién puede explicarlo?
