Amor por los colores, por Aleix Parisé

Amor por los colores, por Aleix Parisé

El fútbol aún no está perdido del todo. Casos como el de Marc Casadó o el de Pablo García nos recuerdan el romanticismo de antaño cuando se era de un equipo por convicción. Daba igual que no ganara ni el torneo de la galleta. Se iba al campo con la camiseta, la bufanda y una gran sonrisa, aún a sabiendas de que podía ser otra mala tarde para los tuyos. Porque el amor por los colores era innegociable. Tanto en la grada como en el césped.

Antes, los traspasos eran menos habituales, pero la entrada de grandes capitales y del marketing global ha cambiado las reglas del juego. Los clubs prácticamente se ven obligados a reforzarse con estrellas cada verano y, a su vez, a desprenderse de futbolistas. Los intereses de los intermediarios, representantes y agentes de comunicación también juegan un papel relevante en los constantes movimientos de los jugadores. 

El fútbol se ha convertido en una subasta mundial y la mayoría de los futbolistas se venden al mejor postor. Se besan escudos con demasiada facilidad y se declara amor y compromiso por una camiseta sin ningún tipo de sentimiento y de cara a la galería. 

El contraste entre Enzo Pérez o Julián Alvárez y Marc Casadó o Pablo García es el mejor ejemplo de esto. Soy consciente de que la rueda no puede parar de girar y que el circo se ha instalado para quedarse, pero las lágrimas del jugador del Betis antes de irse a Santander o la cara de Casadó antes de partir para A Coruña me emocionan y me reconcilian con mi forma de entender el fútbol. Ojalá los dos tengan una gran temporada y algún día puedan triunfar en el club de su vida.

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